
– Podrías habérmelo dicho a mí también.
– No, debido a…
– Debido a que pensabas que era yo quien habría tratado a Christie así. La disculpaste a ella sin antes…
– Lo siento, Jock -dijo con voz temblorosa-, pero pensé que habías sido tú quien había asistido el parto. Y además, quien quiera que fuese, debería ser castigado…
Tina lo miró, buscando que él la comprendiese.
– Jock, Christie era anoréxica. Es imposible que no se dieran cuenta cuando la pesaron en Sydney. Y tú fuiste quien contrató a ese hombre -dijo, con la mirada encendida.
– Lo sé y acepto mi parte de culpa. Sé que no lo hice bien. Pero dime qué puedo hacer ahora para arreglarlo.
La respuesta de Tina fue inmediata.
– Devolverme mí puesto de trabajo.
– Por supuesto. Pero ¿estás segura de que deberías trabajar en el hospital? ¿No estás ya demasiado ocupada?
– Sí, pero estoy tan arruinada como Christie.
– No lo entiendo. ¿No estabas recibiendo un sueldo?
– ¿Me creerías si te dijera que tengo deudas?
– No, no te creería -lijo Jock, con una sonrisa débil-. Así que dime la verdad.
Tina dudó sólo un momento. A Jock no le incumbía el estado de sus finanzas, ni lo que le sucediera a su familia, pero viendo la calidez de su mirada no pudo resistirse a confesarle la verdad.
Afuera, se oyeron las risas de los niños que regresaban con los huevos.
– Tenemos siete -se oyó gritar a Ally-. ¡Siete!
– ¡Vaya coche! -dijo Tim.
– Podemos dejar aquí los huevos y mirar el coche -dijo Ally-. Pero sólo un momento, Tim, que la tía Tina nos está esperando.
Y también Jock estaba esperando a que Tina le contara todo.
– Nuestros padres murieron cuando yo tenía dieciséis años y Christie, diecinueve -dijo Tina despacio-.
