– No pienso ir a Rodeo -dijo Carole en tono remilgado-. Quiero mirar unas sillas nuevas. Creo que el comedor necesita un lavado de cara. Ahora que lo pienso, yo también necesitaría unos arreglillos, pero soy demasiado miedica para hacérmelos. No quiero despertar por la mañana y parecer otra persona. He tardado cincuenta años en acostumbrarme a la cara que tengo. No me gustaría quedarme sin ella.

– No necesitas un lifting -dijo Stevie con la intención de tranquilizarla.

– Gracias, pero he visto en el espejo los estragos del tiempo.

– Yo tengo más arrugas que tú -dijo Stevie.

Era cierto. Tenía una fina piel irlandesa que, muy a su pesar, no envejecía tan bien como la de su jefa.

Cinco minutos más tarde, Carole se fue en su ranchera. Llevaba seis años conduciendo el mismo coche. A diferencia de otras estrellas de Hollywood, no sentía la necesidad de que la viesen en un Rolls o un Bentley. Tenía bastante con la ranchera. Las únicas joyas que llevaba eran un par de pendientes de diamantes y, cuando Sean estaba vivo, su sencillo anillo de casada, que por fin se había quitado ese verano. Consideraba innecesaria cualquier otra cosa, y los productores pedían joyas prestadas para ella cuando tenía que hacer la promoción de una película. En su vida privada la joya más exótica que llevaba Carole era un sencillo reloj de oro. Lo más deslumbrante de Carole era ella misma.

Volvió dos horas más tarde y encontró a Stevie comiendo un bocadillo en la cocina. Había un pequeño despacho en el que trabajaba y su principal queja era que estaba muy cerca de la nevera, que visitaba con demasiada frecuencia. Hacía ejercicio en el gimnasio cada noche para compensar lo que comía en el trabajo.

– ¿Ya has acabado el libro? -preguntó Carole al entrar, mucho más animada que cuando se marchó.

– Casi. Voy por el último capítulo. Dame media hora más y estaré lista. ¿Qué tal las sillas?

– No pegaban con la mesa. El tamaño no era el apropiado, a menos que compre una mesa nueva.



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