La doctora responsable del servicio de traumatología examinó a Carole con gesto sombrío. La herida de la mejilla era muy fea y las quemaduras de los brazos eran de segundo grado, aunque la de la cara parecía menor comparada con el resto de sus lesiones. Llamaron a un ortopedista para que le recompusiera el brazo, pero tuvo que esperar a que evaluasen los daños de la cabeza. Había que hacer varios escáneres urgentes y el corazón de Carole se paró antes de que pudiesen comenzar. El equipo cardíaco se puso a reanimarla a un ritmo frenético y consiguió que el corazón volviese a latir, pero luego la presión sanguínea cayó en picado. Había once personas trabajando con ella mientras traían a otras víctimas, aunque por el momento Carole era una de las más graves. Llegó un neurocirujano para examinarla y por fin pudieron hacer los escáneres. El doctor decidió aplazar la intervención, pues la paciente no estaba lo bastante estable para aguantarla. Le limpiaron las quemaduras y le recompusieron el brazo. Dejó de respirar y la conectaron a un respirador. Por la mañana se calmaron un poco las cosas en la unidad de traumatología, y el neurocirujano volvió a evaluarla. La principal preocupación del equipo médico era la inflamación cerebral. Resultaba difícil valorar con cuánta fuerza había chocado contra el muro del túnel y cuáles serían las secuelas en caso de que sobreviviese. El neurocirujano seguía sin querer operar y la jefa del servicio de traumatología estaba de acuerdo con él. Si podía evitarse la intervención, ambos lo preferían para no empeorar su estado. La vida de Carole pendía de un hilo.

– ¿Está aquí su familia? -preguntó el doctor con cara seria.



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