
Suponía que sus parientes querrían que le diesen la extremaunción, como la mayoría de las familias.
– No hay familia. No está identificada -explicó la jefa del servicio de traumatología.
El neurocirujano asintió. Había en La Pitié varios pacientes sin identificar. Tarde o temprano sus familias o amigos les buscarían y se conocería su identidad. En ese momento resultaba irrelevante. Estaban recibiendo la mejor atención posible, fueran quienes fuesen. Eran cuerpos destrozados por una bomba. Esa noche ya habían muerto tres niños allí poco después de que los trajesen, irreconocibles por las quemaduras. Los terroristas habían cometido un acto malvado. El neurocirujano dijo que volvería al cabo de una hora para comprobar cómo estaba Carole. Mientras tanto, ella permaneció en la zona de reanimación de la unidad de traumatología, atendida por un equipo que intentaba desesperadamente mantenerla viva y con las constantes vitales estables. Se debatía literalmente entre la vida y la muerte. Lo único que parecía haberla salvado era el hueco al que había salido despedida, que le había proporcionado una bolsa de aire y una protección contra el fuego. De no haber sido así, como tantos otros, se habría quemado viva.
A mediodía el neurocirujano se fue a dormir un poco en una camilla, dentro de una pequeña habitación. Estaban tratando a cuarenta y dos víctimas del atentado del túnel. En total, la policía que acudió al lugar de los hechos había dado parte de noventa y ocho heridos y hasta el momento se habían rescatado setenta y un cadáveres, aunque aún quedaban más en el interior. Había sido una noche larga y terrible.
Cuando el doctor volvió cuatro horas más tarde, se sorprendió de encontrar a Carole aún con vida. Su estado era el mismo, el respirador seguía respirando por ella, pero otro TAC mostraba que la inflamación cerebral no había empeorado, lo que suponía una ventaja importante. Sus peores lesiones parecían localizarse en el tronco del encéfalo. Había sufrido un daño axonal difuso, con desgarros leves causados por las fuertes sacudidas cerebrales. No había forma de evaluar aún cuáles serían las secuelas a largo plazo. Su cerebro también había resultado afectado, cosa que podía poner en peligro sobre todo la función muscular y la memoria.
