Le habían suturado la herida de la mejilla y, cuando el neurocirujano la miró, le comentó al médico que comprobaba sus constantes vitales que era una mujer guapa. Nunca la había visto, pero su cara le resultaba familiar. Supuso que debía de tener unos cuarenta o cuarenta y cinco años como máximo. Le sorprendía que nadie hubiese venido a buscarla. Aún era pronto. Si vivía sola, podían pasar varios días antes de que alguien se percatase de su desaparición. Sin embargo, las personas no permanecían toda la vida sin identificar.

El día siguiente era sábado y los equipos de la unidad de traumatología continuaron trabajando sin descanso. Pudieron cambiar a algunos pacientes a otras unidades del hospital, y varios fueron trasladados en ambulancia a centros especiales de quemados. Carole permaneció incluida en la lista de los pacientes heridos cuyo caso revestía mayor gravedad, junto con otros como ella que se hallaban en otros hospitales de París.

El domingo empeoró su estado, ya que empezó a tener fiebre, cosa que cabía esperar. Su organismo se hallaba en estado de shock y seguía luchando con la muerte.

La fiebre duró hasta el martes y luego remitió por fin. Su inflamación cerebral mejoró ligeramente mientras continuaba en observación. Sin embargo, no estaba más cerca de recuperar la conciencia que cuando ingresó. Tenía la cabeza y los brazos vendados, y el brazo izquierdo escayolado. La herida de la mejilla se estaba curando, aunque dejaría una cicatriz. La principal preocupación del equipo médico continuaba siendo el cerebro. La mantenían sedada debido al respirador, pero, incluso sin sedación, seguía en coma profundo. No había forma de evaluar qué daños cerebrales sufriría a largo plazo o si tan siquiera sobreviviría. De ninguna manera estaba aún fuera de peligro. Todo lo contrario.



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