El miércoles y el jueves nada cambió y Carole continuó con la vida pendiente de un hilo. El viernes, una semana entera después de su ingreso, los nuevos escáneres mostraron una ligera mejoría, lo cual era alentador. La jefa del servicio de traumatología comentó entonces que era la única víctima que aún no había sido identificada. Nadie había acudido a reclamarla, cosa que parecía extraña. Para entonces, todos los demás, muertos o vivos, habían sido identificados.

Ese mismo viernes la camarera de día que limpiaba su habitación le hizo un comentario a la gobernanta del Ritz. Dijo que la mujer que se alojaba en la suite de Carole no había dormido allí en toda la semana. Su bolso y su pasaporte estaban en la habitación, al igual que su ropa, pero la cama nunca se había utilizado. Era evidente que la dienta se había desvanecido después de registrarse. A la gobernanta no le pareció raro; los huéspedes hacían a veces cosas extrañas, como reservar una habitación o una suite para tener una aventura clandestina y aparecer solo esporádicamente, raras veces o nunca, si las cosas no salían como estaba previsto. Lo único que le extrañaba era que el bolso estuviese allí y que el pasaporte se hallase sobre el escritorio. Estaba claro que la huésped no había tocado nada desde que se registró. Como simple formalidad, informó de ello en recepción. Allí tomaron nota, aunque Carole había reservado la habitación para dos semanas y tenían una tarjeta de crédito que garantizaba la reserva. Después de su fecha de reserva, se habrían preocupado. Sabían muy bien quién era y tal vez nunca pretendió utilizar la habitación, sino tenerla disponible con algún fin desconocido. Las estrellas de cine hacían cosas extrañas. Tal vez se alojase en otra parte. No había ningún motivo para relacionarla con el atentado terrorista en el túnel.



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