
Cada vez que se sentaba a escribir se quedaba con la mirada perdida, soñando con el pasado, y la pantalla del ordenador permanecía en blanco. La asaltaban ecos de su vida anterior y sabía que, mientras no llegase a aceptarlos, no podría ahondar en su novela ni resolver los problemas que planteaba. Antes necesitaba la llave para abrir aquellas puertas y no la encontraba. Todas las preguntas y dudas que siempre tuvo sobre sí misma habían vuelto de un salto a su mente al empezar a escribir. De pronto se cuestionaba todos sus pasos. ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Hizo bien o mal? ¿Las personas de su vida eran de verdad tal como ella las veía? ¿Había sido injusta? No dejaba de hacerse las mismas preguntas, sin saber por qué importaban tanto ahora. No podría llegar a ninguna parte con el libro hasta encontrar las respuestas acerca de su propia vida. Se estaba volviendo loca. Era como si al tomar la decisión de escribir ese libro se viese obligada a enfrentarse a sí misma como nunca había hecho, como había evitado hacer durante años. Pero ya no podía seguir escondiéndose. Las personas que conoció flotaban en su mente por las noches, tanto si permanecía en vela como si se dormía y soñaba. Por la mañana se despertaba agotada.
El rostro que más acudía a su mente era el de Sean. Él era la única persona de la que estaba segura. Sabía con certeza quién era y qué significaba para ella. La relación entre ellos había sido muy franca y limpia. Las demás no lo fueron tanto. Albergaba dudas sobre todas sus relaciones, menos sobre su relación con Sean. Él deseaba tanto que Carole escribiese el libro del que habían hablado que esta creía debérselo como un último regalo. Además, quería demostrarse a sí misma que podía hacerlo. Aun así, se sentía paralizada por el miedo a no ser capaz. Ya hacía más de tres años que soñaba con el libro, y necesitaba saber si lo tenía o no en su interior.
La primera palabra que acudía a su mente al pensar en Sean era «paz».