
Dos años después de su fallecimiento, aunque seguía echando de menos su risa, el sonido de su voz, su genialidad, su compañía y los largos paseos serenos que daban por la playa, Carole siempre tenía la sensación de que se hallaba cerca, ocupándose de sus propios asuntos, prosiguiendo su viaje y compartiendo con ella aquella especie de bendición que él poseía, como cuando estaba vivo. Conocerle y amarle había sido lo mejor que le había pasado en la vida. Antes de morir, Sean le recordó que todavía tenía mucho que hacer y la animó a volver al trabajo. Quería que hiciese más películas y escribiese el libro. A Sean le encantaban sus ensayos y relatos breves. Además, a lo largo de los años Carole le había escrito docenas de poemas que él apreciaba de verdad. Ella los encuadernó todos en una carpeta de cuero varios meses antes de la muerte de Sean, que se pasaba horas leyéndolos una y otra vez.
Carole no tuvo tiempo de comenzar el libro antes de que él muriese. Estaba demasiado ocupada cuidando de él. Se había tomado un año de descanso para dedicarle su tiempo y atenderle ella misma cuando empeoró, sobre todo después de la quimioterapia y en los últimos meses de la enfermedad.
