
Jason se estaba poniendo enfermo.
– No tiene por qué. Puede que tenga la cara quemada o que sencillamente no esperen verla allí. O puede que no sea ella. Ojalá no lo sea -respondió Jason al borde de las lágrimas.
– Así lo espero -dijo el subdirector con voz suave-. ¿Qué quiere que haga, señor? ¿Envío a alguien del hotel a echar un vistazo?
– Ya me ocupo yo. Puedo coger el vuelo de las seis. Llegaré a París a las siete de la mañana, más o menos, y al hospital a las ocho y media. ¿Podría reservarme una habitación?
Su mente funcionaba a toda velocidad. Deseó poder llegar allí antes, pero sabía que ese era el primer vuelo. Viajaba a París a menudo y siempre cogía el mismo vuelo.
– Me encargaré de ello, señor. Confío sinceramente en que no sea la señora Barber.
– Gracias. Nos vemos mañana.
Sentado ante su mesa, Jason se había quedado atónito. No podía ser. Aquello no podía haberle ocurrido a ella. Pensarlo resultaba insoportable. No sabía qué hacer, así que llamó a Stevie a Los Ángeles y le contó lo que le había dicho el subdirector del Ritz.
– ¡Dios mío! Por el amor de Dios, dígame que no es Carole -dijo Stevie con voz ahogada.
– Ojalá no lo sea. Voy a comprobarlo yo mismo. Llámeme si tiene noticias suyas, y no les cuente nada a los chicos si llaman. Le diré a Anthony que me voy a Chicago, a Boston o algo así. No quiero explicarles nada hasta que lo sepamos -le dijo Jason con firmeza.
– Yo también iré -dijo Stevie, fuera de sí.
El último sitio en el que quería estar en ese momento era Los Ángeles. Por otra parte, si Carole estaba bien, iba a pensar que estaban chiflados cuando volviese al Ritz desde Budapest, Viena o dondequiera que hubiese estado y se encontrase con Jason y con ella. Debía de estar perfectamente en algún lugar de Europa, pasándolo bien y sin tener ni idea de que se preocupaban por ella.
