
– ¿Por qué no espera hasta que averigüe algo allí? El tipo del hotel tiene razón, puede que no sea ella. Si lo fuese, probablemente la habrían reconocido.
– No lo sé. Tiene un aspecto muy sencillo sin maquillaje y con el pelo recogido. Además, seguramente no esperan que una estrella de cine estadounidense aparezca en una unidad de traumatología de París. Puede que no se les haya ocurrido.
Stevie también se preguntó si se le habría quemado la cara, cosa que explicaría que no la reconociesen.
– ¡No pueden ser tan estúpidos, por el amor de Dios! Es una de las actrices más famosas del planeta, incluso en Francia -le espetó Jason.
– Supongo que tiene razón -dijo Stevie, poco convencida.
Pero, por otra parte, él tampoco estaba convencido, o no iría hasta allí. Solo trataban de tranquilizarse mutuamente, sin demasiado éxito.
– No llegaré a París hasta las diez de esta noche, hora de Los Ángeles -le dijo Jason a Stevie-, y no creo que sepa nada hasta que pasen un par de horas más. Iré directamente al hospital desde el aeropuerto y la veré en cuanto pueda. Pero para entonces ya será medianoche en Los Ángeles.
– Llámeme de todos modos. Me quedaré despierta y, si me duermo, tendré en la mano el teléfono móvil.
Le dio el número y él lo anotó. Prometió llamarla cuando llegase al hospital de París. A continuación, le pidió a su secretaria que cancelase sus citas para la tarde y el día siguiente. Le dijo lo que se disponía a hacer, pero le advirtió que no se lo mencionase a sus hijos. La versión oficial era que tenía que ir a una reunión de urgencia en Chicago. Cinco minutos más tarde salió de su despacho y paró un taxi. Veinte minutos después estaba en su piso del Upper East Side, donde echó sus cosas en una maleta. Eran las dos de la tarde y tenía que salir de la ciudad a las tres para coger el avión de las seis.
