Esperar a marcharse durante la siguiente hora fue un martirio. Y fue peor una vez que llegó al aeropuerto. La situación le parecía surrealista. Iba a ver a una mujer en coma en un hospital de París, rezando para que no fuese su ex esposa. Llevaban dieciocho años separados, y sabía desde hacía catorce que divorciarse de ella había sido el mayor error de su vida. La había dejado por una modelo rusa de veintiún años que resultó ser la mayor cazafortunas del planeta. En aquel momento estaba locamente enamorado de ella. Carole estaba en la cumbre de su carrera, haciendo dos y tres películas al año. Siempre estaba rodando en alguna parte o haciendo la promoción de una película. El era entonces la joven promesa de Wall Street, pero su éxito resultaba insignificante comparado con el de ella. Carole había ganado dos Oscar en los dos últimos años y eso a él le fastidiaba. Había sido una buena esposa, pero Jason se dio cuenta más tarde de que su ego era demasiado frágil para sobrevivir a esa clase de competencia. El mismo necesitaba sentirse un personaje y, frente a la fama de Carole, nunca lo conseguía. Así que se enamoró de Natalya, que parecía adorarle, y luego le desplumó y le dejó por otro.

La modelo rusa era lo peor que les había ocurrido a ambos, y desde luego a él. Era bellísima y se quedó embarazada pocas semanas después de que iniciasen su relación. Jason dejó a Carole por Natalya y se casó con esta antes de que se secara la tinta en los papeles del divorcio. Natalya tuvo otro bebé al año siguiente y luego le dejó por un hombre con mucho más dinero del que tenía Jason en aquel momento. Desde entonces había tenido dos maridos, y ahora vivía en Hong Kong, casada con uno de los financieros más importantes del mundo. Jason apenas conocía a sus dos hijas. Eran tan guapas como su madre y casi unas extrañas para él, a pesar de que las visitaba dos veces al año.



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