Jason no podía ver a la paciente que estaba en la cama, rodeada de máquinas. Había dos enfermeras de pie junto a ella que no le dejaban ver. Oyó el zumbido del respirador y el runrún de las máquinas. La doctora le hizo pasar. Había una tonelada de aparatos en el interior. De pronto Jason se sentía como un intruso, un mirón. Se disponía a ver a una mujer que tal vez fuese una desconocida. Sin embargo, tenía que verla para asegurarse de que no era Carole. Se lo debía a ella y a sus hijos, aunque pareciese una locura. Incluso a él le parecía estar cerca de la paranoia, o tal vez simplemente del sentimiento de culpa. Siguió a la doctora y vio una figura inmóvil tendida en la cama, con un respirador en la boca, la nariz cerrada con cinta adhesiva y la cabeza inclinada hacia atrás. Estaba completamente inmóvil y su rostro tenía una palidez mortecina. El vendaje de la cabeza parecía enorme; tenía otro en la cara y una escayola en el brazo. Desde el ángulo en que se aproximaba a ella, era difícil verle la cara. Dio otro paso adelante para ver mejor. Entonces se quedó sin aliento y los ojos se le llenaron de lágrimas. Era Carole.

Su peor pesadilla acababa de hacerse realidad. Se acercó y tocó los dedos ennegrecidos que sobresalían de la escayola. No sucedió nada. Carole se hallaba en otro mundo, lejos de allí, y parecía que nunca fuese a regresar. La miró mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Lo peor había ocurrido. Ella era la víctima no identificada del atentado del túnel. La mujer a la que una vez amó y todavía amaba se debatía entre la vida y la muerte en París, y llevaba sola en aquel hospital casi dos semanas, mientras todos los que la querían ignoraban por completo lo sucedido. Jason se volvió consternado hacia la doctora.

– Es ella -susurró.

Las enfermeras le miraban fijamente. Todas habían comprendido que la había identificado.

– Lo siento -dijo la doctora con voz suave antes de indicarle con un gesto que la siguiera al exterior-. ¿Es su esposa? -preguntó, aunque ya no necesitaba confirmación. Las lágrimas de Jason hablaban por sí mismas. El hombre parecía deshecho-. No teníamos forma de identificarla. No llevaba documentos, nada que tuviera su nombre.



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