– Ya lo sé. Dejó el bolso y el pasaporte en el hotel. Lo hace de vez en cuando.

Carole siempre salía sin bolso, con un billete de diez dólares en el bolsillo. Ya lo hacía años atrás, cuando vivían en Nueva York, aunque él siempre le decía que llevase su documentación. Esta vez había sucedido lo peor y nadie sabía quién era, cosa que aún le resultaba difícil de creer.

– Mi esposa es actriz, una famosa estrella de cine -añadió Jason al cabo de unos momentos.

Sin embargo, eso ya no importaba. Era una mujer en la UCI con una grave lesión craneal, nada más. La doctora parecía atónita e intrigada por lo que él había dicho.

– ¿Es una estrella de cine?

– Carole Barber -dijo él, consciente del impacto que tendrían sus palabras.

La doctora se sorprendió.

– ¿Carole Barber? No lo sabíamos -respondió visiblemente impresionada.

– Sería preferible que la prensa no lo descubriese. Mis hijos no lo saben todavía y no quiero que se enteren así. Quisiera llamarles primero.

– Por supuesto -dijo la doctora, cayendo en la cuenta de lo que iba a ocurrirles.

No la habrían cuidado de forma distinta, pero ahora, cuando se supiese que estaba allí, se verían asediados por la prensa. Eso iba a dificultarles la vida. Había sido mucho más fácil mientras solo era la víctima desconocida de un atentado. Tener a una de las principales estrellas de cine de Estados Unidos en su unidad de réanimation iba a amargarles la vida a todos.

– Cuando se sepa, será difícil mantener alejada a la prensa -añadió la doctora, preocupada-. Tal vez podamos utilizar su apellido de casada.

– Waterman -dijo él-. Carole Waterman.

Hubo un tiempo en que esa fue la verdad. Carole nunca había adoptado el apellido de Sean, que era Clarke. Habrían podido utilizar también este último y Jason comprendió que ella tal vez lo habría preferido. Pero ¿qué importaba ahora? Lo único que importaba era que sobreviviese.



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