
– No. Decidimos que era preferible no traumatizarla más, y la inflamación remitió por sí sola. Adoptamos un enfoque prudente y creo que era lo mejor para ella.
Jason asintió aliviado. Al menos no le habían abierto el cerebro. Eso le daba esperanzas de que volviese a ser ella misma algún día. Era todo lo que cabía esperar por ahora, y de no ser así lo afrontarían cuando llegase el momento, como afrontarían su muerte si se producía. Era un pensamiento abrumador.
– ¿Qué piensan hacer ahora? -preguntó deseoso de actuar. Quedarse sentado no era lo suyo.
– Esperar. No podemos hacer nada más. Sabremos algo en los próximos días.
El asintió, mirando a su alrededor lo sombrío que resultaba el hospital. Había oído hablar del hospital Americano de París y se preguntó si podrían trasladarla allí, pero el subdirector del hotel le había dicho que La Pitié Salpétrière era el mejor sitio en el que podía estar, si realmente era ella. Su unidad de traumatología era excelente y recibiría la mejor asistencia médica posible para un caso tan grave como el suyo.
– Me voy al hotel a telefonear a mis hijos. Volveré esta tarde. Si pasa algo llámeme al Ritz.
Le dio también su número internacional de teléfono móvil y lo pusieron en las gráficas de evolución de Carole, con su nombre. Carole ya tenía un marido, unos hijos y un nombre, aunque no fuese el verdadero. Carole Waterman. Pero también tenía una identidad famosa que sin duda se filtraría. La doctora dijo que solo le diría a la jefa de la sección de traumatología quién era realmente Carole, pero ambos sabían que solo era cuestión de tiempo antes de que se enterase la prensa. Siempre se enteraban de las cosas así. Era increíble que nadie la hubiese reconocido hasta entonces. Pero si alguien hablaba, llegaría una nube de periodistas que les amargarían la vida a todos.
– Haremos lo posible para mantenerlo en secreto -le aseguró ella.
– Yo también. Volveré esta tarde… y… gracias… por todo lo que han hecho hasta ahora.
