La habían mantenido con vida. Ya era algo. Ni siquiera podía imaginarse cómo habría sido verla en un depósito de cadáveres de París y tener que identificar su cuerpo. Por lo que había dicho la doctora, poco había faltado. Al fin y al cabo, había tenido suerte.

– ¿Puedo volver a verla? -preguntó.

Esta vez fue solo a la habitación. Las enfermeras seguían allí y se apartaron para que pudiese aproximarse a la cama. La miró, y esta vez le tocó la mejilla. Los tubos del respirador le tapaban la cara. Vio el vendaje de la mejilla y se preguntó lo graves que serían los daños. La leve quemadura que había junto al vendaje estaba sanando ya, y el brazo estaba cubierto de ungüento.

– Te quiero, Carole -susurró-. Vas a ponerte bien. Te quiero. Chloe y Anthony te quieren. Tienes que despertar pronto.

Carole no dio señales de vida, y las enfermeras miraron hacia otro lado con discreción. Les resultaba duro ver todo aquel dolor en los ojos de Jason. Entonces este se inclinó para darle un beso en la mejilla y recordó la suavidad familiar de su cara. A pesar de los años transcurridos, eso no había cambiado. El pelo de Carole estaba extendido detrás de ella sobre la cama, bajo el vendaje. Una de las enfermeras se lo había cepillado y comentó que era tan bonito como una pieza de seda amarillo claro.

Al verla le asaltaban muchos recuerdos, todos ellos buenos. Los malos llevaban mucho tiempo olvidados, al menos por su parte. Carole y él nunca hablaban del pasado. Solo se referían a los chicos o a sus vidas actuales. El se había mostrado muy amable con ella cuando murió Sean; lo sentía por ella. Fue un duro golpe para Carole. El hombre con el que se casó, que contaba cinco años menos que ella, había muerto joven. Jason había asistido al entierro y les había apoyado mucho a ella y a los chicos. Y allí estaba ahora, dos años después del fallecimiento de Sean, luchando por su propia vida. La vida era extraña, y a veces cruel. Pero aún estaba viva. Tenía una oportunidad. Esa era la mejor noticia que podía darles a sus hijos. La idea de decírselo le aterraba.



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