
– Volveré luego -le susurró a Carole antes de besarla de nuevo-. Te quiero, Carole. Vas a ponerte bien -dijo en tono decidido.
El respirador respiraba rítmicamente por ella. A continuación, Jason salió conteniendo las lágrimas. Fueran cuales fuesen sus sentimientos, debía ser fuerte por Carole, Anthony y Chloe.
Abandonó el hospital y caminó hasta la cercana estación de tren de Austerlitz bajo una lluvia torrencial. Estaba empapado cuando encontró un taxi y le dio al taxista la dirección del Ritz. Tenía la cara larga, como si hubiese envejecido cien años en un día. Nadie merecía lo que le había ocurrido a Carole, pero ella menos que nadie. Era una buena mujer, una persona agradable y una madre estupenda, y había sido una buena esposa para dos hombres. Uno la había dejado por una fulana y el otro había muerto. Y ahora se debatía entre la vida y la muerte tras un atentado terrorista. De haberse atrevido, Jason habría estado furioso con Dios, pero no se atrevió. Ahora le necesitaba demasiado, y mientras circulaban hacia la place Vendôme, en el distrito 1, le suplicó su ayuda para decírselo a los chicos. Ni siquiera podía imaginarse qué palabras emplearía. Y entonces recordó que tenía que hacer otra llamada. Sacó el teléfono móvil y marcó un número de Los Ángeles. Era casi medianoche para Stevie, pero Jason había prometido llamarla en cuanto supiera algo.
Stevie respondió tan pronto como el teléfono empezó a sonar. Estaba completamente despierta y esperaba su llamada. En su opinión tardaba demasiado, siempre que el avión no se hubiese retrasado. Si no era Carole, ya debería tener noticias suyas. Llevaba una hora muerta de miedo y su voz tembló al decir «diga».
– Es ella -dijo Jason sin identificarse siquiera.
– ¡Dios mío! ¿Está muy grave? -preguntó Stevie, echándose a llorar.
