
Hubo un rumor entre las hierbas. Cordelia agarró su pistola aturdidora y se detuvo. El tenso rostro del alférez Dubauer asomó entre la vegetación color pajizo.
—Soy yo, no dispare —dijo en un tono estrangulado que pretendía que fuera un susurro.
—He estado a punto de hacerlo. ¿Por qué no te quedaste donde te dije? —susurró ella a su vez—. No importa, ayúdame a buscar un comunicador que pueda contactar con la nave. Y permanece agachado, podrían volver.
—¿Quiénes? ¿Quién ha hecho esto?
—Hay donde elegir: novobrasileños, barrayareses, cetagandanos, podría ser cualquiera. Reg Rosemont está muerto. Disruptor neural.
Cordelia se arrastró hasta el montículo que ahora era la tienda de especímenes y escrutó lo que quedaba con mucho cuidado.
—Tiéndeme ese palo de allí —dijo.
Hurgó con atención el montón. Las tiendas habían dejado de humear, pero de ellas todavía se alzaban oleadas de calor que les golpeaban el rostro como el sol veraniego de su hogar. El tejido torturado se apartó como un papel calcinado. Enganchó el palo en un cofrecito medio derretido y lo arrastró hacia afuera. El cajón interior no estaba quemado, pero sí retorcido y, como descubrió cuando intentó abrirlo, atascado.
Unos cuantos minutos más de investigación le hicieron hallar unos pobres sustitutos de martillo y cincel, un trozo plano de metal y un grueso bulto que reconoció tristemente como un antiguo, delicado y carísimo registrador meteorológico. Con esas herramientas de cavernícola y un poco de fuerza bruta por parte de Dubauer, abrieron el cajón con un ruido que resonó como un tiro de pistola y los hizo saltar a ambos.
—¡Bingo! —dijo Dubauer.
—Llevémoslo al barranco —dijo Cordelia—. Tengo los pelos de punta. Desde lo alto podría vernos cualquiera.
