
Fue tristemente consciente de que su mente completaba el círculo, como uno de los animales cautivos de su equipo de zoólogos que corriera frenético dentro de una rueda de ejercicios. Rebuscó sombría entre la basura en busca de alguna pista.
La encontró entre la alta hierba, a mitad de camino del barranco. El largo cuerpo con el uniforme pardo del Servicio de Exploración Astronómica Betana estaba completamente extendido, los brazos y piernas torcidos, como si lo hubieran alcanzado mientras corría hacia el refugio del bosque. Cordelia contuvo la respiración al reconocer su identidad. Le dio la vuelta suavemente.
Era el atento teniente Rosemont. Tenía los ojos vidriosos y fijos y preocupados, como si todavía fueran un espejo de su espíritu. Se los cerró.
Buscó la causa de su muerte. No había sangre, ni quemaduras, ni huesos rotos. Sondeó el cuero cabelludo con sus largos dedos blancos. La piel bajo su pelo rubio estaba magullada, la firma delatora de un disruptor neural. Eso dejaba fuera a los alienígenas. Colocó la cabeza del teniente sobre su regazo un instante, acariciando los rasgos familiares, como una ciega. Ahora no era el momento de llorar.
Regresó al círculo ennegrecido a cuatro patas y empezó a investigar entre los destrozos del equipo comunicador. Los atacantes habían sido bastante concienzudos en esa tarea, como testificaban los trozos retorcidos de plástico y metal que fue encontrando. Gran parte del valioso equipo parecía haber desaparecido.
