Todavía agachados, buscaron rápidamente cobijo, dejando atrás el cadáver de Rosemont. Dubauer se lo quedó mirando mientras pasaban, inquieto, airado.

—Quien hizo esto lo va a pagar con creces.

Cordelia simplemente sacudió la cabeza.

Se arrodillaron entre los matorrales parecidos a helechos para intentar hacer funcionar el íntercomunicador. La máquina produjo algo de estática y tristes pitidos, se apagó, luego escupió algo parecido a una señal de audio a base de golpes y sacudidas. Cordelia encontró la frecuencia adecuada y empezó a llamar.

—Comandante Naismith a Nave Exploradora René Magritte. Contesten, por favor.

Después de una agonía de espera, llegó la débil respuesta, cargada de estática.

—Aquí el teniente Stuben. ¿Está usted bien, capitana?

Cordelia volvió a respirar.

—Muy bien por ahora. ¿Y vuestra situación? ¿Qué ha ocurrido?

La voz del doctor Ullery, segundo de la partida de investigación después de Rosemont, contestó.

—Una patrulla militar de Barrayar rodeó el campamento, exigiendo nuestra rendición. Dijeron que reclamaban el lugar por derecho de descubrimiento anterior. Entonces algún alocado de gatillo fácil en su bando disparó un arco de plasma, y se desató el infierno. Reg los mantuvo a raya con su aturdidor y los demás logramos llegar a la lanzadera. Hay una nave barrayaresa de clase general aquí arriba con la que llevamos un rato jugando al escondite, si entiende lo que quiero decir…

—Recuerda que estás transmitiendo en abierto —le recordó bruscamente Cordelia.

El doctor Ullery vaciló, luego continuó.

—Cierto. Todavía exigen nuestra rendición. ¿Sabe si han capturado a Reg?

—Dubauer está conmigo. ¿Todos los demás están ahí?

—Todos menos Reg.

—Reg está muerto.

Un chirrido de estática ahogó la maldición de Stuben.



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