—Stu, estás al mando —lo interrumpió Cordelia—. Escucha con atención. Esos militaristas impetuosos no son, repito, no son de fiar. No rindas la nave bajo ningún concepto. He visto los informes secretos de los cruceros clase general. Os superan en cañones, en blindaje y en dotación, pero tenéis el doble de velocidad. Así que salid de su radio de alcance y quedaos allí. Retiraos hasta la Colonia Beta si es preciso, pero no corráis ningún riesgo. ¿Entendido?

—¡No podemos dejarla, capitana!

—No podréis enviar una lanzadera de recogida a menos que os quitéis de encima a los barrayareses. Y si nos capturan, hay más posibilidades de volver a casa a través de los canales políticos que mediante una unidad de rescate; pero eso sólo será posible si conseguís llegar a casa para quejaros, ¿está absolutamente claro? ¡Responde!

—Comprendido —replicó el doctor, reacio—. Pero capitana… ¿Cuánto tiempo cree que podrá esquivar a esos locos hijos de puta? Al final la capturarán.

—Todo el que sea posible. En cuanto a vosotros… ¡en marcha!

Cordelia había imaginado ocasionalmente a su nave funcionando sin ella; nunca sin Rosemont. Hay que impedir que Stuben intente jugar a los soldados, pensó. Los barrayareses no son aficionados.

—Hay cincuenta y seis vidas ahí arriba que dependen de ti. Puedes contarlas. Cincuenta y seis es más que dos. Recuérdalo siempre, ¿de acuerdo? Naismith, corto y cierro.

—Cordelia… Buena suerte. Stuben, cierro.

Cordelia se echó hacia atrás y contempló el pequeño comunicador.

—Vaya papeleta.

El alférez Dubauer resopló.

—Eso es quedarse corto.

—Eso es una valoración exacta. No sé si te has dado cuenta…

Un movimiento entre las sombras llamó su atención. Empezó a ponerse en pie, la mano en el aturdidor. El alto soldado de Barrayar con el uniforme de camuflaje verde y gris se movió aún más rápido. Dubauer lo superó, empujándola a ciegas tras él. Cordelia oyó el chasquido de un disruptor neural mientras se lanzaba hacia el barranco y el aturdidor y el comunicador escapaban de sus manos. Bosque, tierra, arroyo y cielo giraron salvajemente a su alrededor, su cabeza golpeó algo con un crujido enfermizo y la oscuridad la engulló.



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