El moho del bosque presionaba contra la mejilla de Cordelia. El húmedo olor a tierra le hacía cosquillas en la nariz. Inspiró profundamente, llenando la boca y los pulmones, y entonces el olor a podredumbre le retorció el estómago. Apartó la cara del barro. El dolor explotó en su cabeza en líneas radiales.

Gruñó. Oscuros fosfenos chispeantes nublaban su visión, luego se despejaron. Obligó a sus ojos a concentrarse en el objeto más cercano, casi a medio metro a la derecha de su cabeza.

Pesadas botas negras, hundidas en el lodo y rematadas por unos pantalones de camuflaje a manchas verdes y grises, piernas abiertas en un paciente descanso militar. Ella reprimió un gemido de alerta. Muy suavemente volvió a colocar la cabeza en el negro limo y rodó cautelosamente de lado para ver mejor al oficial de Barrayar.

¡Su aturdidor! Contempló el pequeño rectángulo gris del cañón, sujetado con fuerza por una mano ancha y pesada. Sus ojos buscaron ansiosos el disruptor neural. El cinturón del oficial estaba repleto de equipo, pero la canana del disruptor en su cadera derecha estaba vacía, igual que la funda del arco de plasma a su izquierda.

Apenas era más alto que ella, pero era fornido y recio. Pelo oscuro despeinado veteado de gris, ojos grises, fríos e intensos… de hecho, todo su aspecto era desaliñado para las estrictas ordenanzas militares barrayaresas. Llevaba el uniforme tan arrugado y sucio y manchado como el suyo, y tenía un hematoma en el pómulo derecho. Parece que también ha tenido un día de perros, pensó ella, aturdida. Entonces los chispeantes remolinos negros se expandieron y volvieron a ahogarla.



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