
Cuando su visión se despejó de nuevo, las botas se habían ido… no. Allí estaba, sentado cómodamente en un tronco. Ella trató de concentrarse en algo que no fuera su vientre rebelde, pero su vientre ganó el control con una sacudida.
El capitán enemigo se agitó involuntariamente mientras ella vomitaba, pero continuó sentado. Se arrastró los pocos metros que había hasta el pequeño arroyo al fondo del barranco, y se lavó la boca y la cara en su agua helada. Sintiéndose relativamente mejor, se sentó en el suelo y croó:
—¿Bien?
El oficial inclinó la cabeza, con un leve gesto de cortesía.
—Soy el capitán Aral Vorkosigan, al mando del crucero de guerra imperial General Vorkraft. Identifíquese, por favor. —Su voz era de barítono, su habla apenas tenía acento.
—Comandante Cordelia Naismith. Exploración Astronómica Betana. Somos un grupo científico —remarcó, acusadora—. No combatientes.
—Eso he advertido —dijo él secamente—. ¿Qué le ha pasado a su grupo?
Los ojos de Cordelia se entornaron.
—¿No estuvo usted allí? Yo estaba en las montañas, ayudando al botánico de mi equipo.
Y añadió, con más urgencia:
—¿Ha visto a mi botánico… mi alférez? Me empujó al barranco cuando nos emboscaron…
Él alzó la mirada hacia el borde del barranco, al lugar desde donde ella había caído… ¿hacía cuánto?
—¿Era un chico de pelo castaño?
El corazón de ella dio un brinco, lleno de enfermiza expectación.
—Sí.
—Ahora ya no hay nada que pueda hacer por él.
—¡Eso ha sido un asesinato! ¡Lo único que tenía era un aturdidor! —Sus ojos frieron al barrayarés—. ¿Por qué atacaron a mi gente?
Él acarició pensativo el aturdidor.
—Su expedición —dijo lentamente—, iba a ser detenida, preferiblemente de manera pacífica, por violación del espacio barrayarés. Hubo un altercado. Me alcanzaron por la espalda con un rayo aturdidor. Cuando recuperé el sentido, encontré su campamento tal como lo ha encontrado usted.
