
—Bien. —Una bilis amarga le agrió la boca a Cordelia—. Me alegra que Reg le alcanzara, antes de que lo asesinaran.
—Si se refiere a ese chico rubio, equivocado pero sin duda valiente, no podría haberle dado a una casa a dos pasos. No sé por qué los betanos se ponen uniforme de soldado. No están mejor entrenados que los niños de un picnic. Si en sus filas hay soldados profesionales, no se nota.
—Era geólogo, no un asesino contratado —replicó ella—. Y en cuanto a mis «niños», sus soldados no fueron capaces de capturarlos.
Él frunció el ceño. Cordelia cerró la boca bruscamente. Oh, magnífico, pensó. Ni siquiera ha empezado a retorcerme los brazos y ya le estoy dando información gratis.
—No lo sabían —murmuró Vorkosigan. Señaló con el aturdidor corriente arriba, hacia el lugar donde el comunicador yacía roto. Un pequeño surtidor de vapor brotaba del destrozo—. ¿Qué órdenes le dio a su nave cuando le informaron de su huida?
—Les dije que recurrieran a su iniciativa —murmuró ella vagamente, tanteando en busca de inspiración en medio de una niebla palpitante.
Él hizo una mueca.
—Buena orden para un betano. Al menos tiene la seguridad de que la obedecerán.
Oh, no. Mi turno.
—Eh. Sé por qué mi gente me dejó aquí. ¿Por qué lo abandonaron los suyos? ¿No es un comandante en activo, aunque sea barrayarés, demasiado importante para dejarlo por ahí perdido? —Se enderezó aún más—. Si Reg no pudo haberle dado a una casa a dos pasos, ¿quién le disparó a usted?
Eso le ha dolido, pensó ella, mientras el aturdidor con el que él había estado haciendo gestos ausentes giraba para apuntarla. Pero dijo solamente:
—Eso no es asunto suyo. ¿Tiene otro comunicador?
Vaya, vaya, ¿se había enfrentado este severo comandante barrayarés a un motín? ¡Bueno, confusión en el enemigo!
