
—No. Sus soldados lo destruyeron todo.
—No importa —murmuró Vorkosigan—. Sé dónde conseguir otro. ¿Puede caminar ya?
—No estoy segura.
Ella se puso en pie, y luego se llevó las manos a la cabeza para contener los dolores.
—Es sólo una contusión —dijo Vorkosigan, sin ningún pesar—. Caminar le hará bien.
—¿Hasta dónde? —jadeó ella.
—Unos doscientos kilómetros.
Ella se desplomó de rodillas.
—Que tenga un buen viaje.
—Yo solo, dos días. Supongo que usted tardará más, con eso de que es geóloga, o lo que sea.
—Astrocartógrafa.
—Levántese, por favor.
Él se levantó rápidamente y la sujetó por el codo con una mano. Parecía curiosamente reacio a tocarla. Ella estaba helada y envarada; pudo sentir el calor de su mano a través del grueso tejido de la manga. Vorkosigan la empujó con decisión por la pendiente del barranco.
—Habla en serio —dijo ella—. ¿Qué va a hacer con una prisionera en una marcha forzada? ¿Y si le hundo la cabeza con una roca mientras duerme?
—Correré el riesgo.
Llegaron a lo alto. Cordelia se apoyó en uno de los arbolitos, sin resuello. Vorkosigan ni siquiera respiraba con dificultad, advirtió ella con envidia.
—Bueno, no voy a ir a ninguna parte hasta que haya enterrado a mis oficiales.
Él pareció irritarse.
—Es una pérdida de tiempo y de energía.
—No voy a dejarlos para los carroñeros como si fueran animales muertos. Sus matones de Barrayar puede que sepan mucho de asesinar, pero ninguno de ellos podría haber muerto de manera más marcial.
Él se la quedó mirando, con expresión ilegible, y luego se encogió de hombros.
—Muy bien.
Cordelia empezó a abrirse paso por el contorno del barranco.
—Creía que estaba aquí —dijo, sorprendida—. ¿Lo ha movido usted de sitio?
