
—No. Pero no puede haberse arrastrado hasta muy lejos, en su estado.
—¡Dijo que estaba muerto!
—Y lo está. Su cuerpo, sin embargo, seguía animado. El disruptor no debió de alcanzarle el cerebelo.
Cordelia siguió la pista de vegetación quebrada hasta una pequeña elevación. Vorkosigan la siguió en silencio.
—¡Dubauer!
Corrió hacia la figura vestida de oscuro que estaba encogida entre los helechos. Mientras se arrodillaba a su lado, él se volvió y se estiró, y luego empezó a temblar lentamente de arriba abajo, los labios torcidos en una extraña mueca. ¿Frío?, pensó ella, y entonces advirtió lo que estaba viendo. Se sacó el pañuelo del bolsillo, lo dobló, y se lo colocó entre los dientes. La boca de Dubauer ya estaba manchada de sangre de una convulsión anterior. Después de unos tres minutos suspiró y se quedó flácido.
Ella resopló inquieta y lo examinó con ansiedad. Dubauer abrió los ojos y pareció concentrarse en su rostro. Se agarró a su brazo y emitió ruidos, todo gemidos y vocales ahogadas. Ella trató de aliviar su agitación animal acariciándole amablemente la cabeza y secándole la baba ensangrentada de la boca; él se calmó.
Cordelia se volvió hacia Vorkosigan, con la visión nublada por las lágrimas de furia y dolor.
—¡No está muerto! Sólo herido. Necesita ayuda médica.
—No está siendo usted realista, comandante Naismith. Nadie se recupera de las heridas causadas por un disruptor.
—¿No? No se puede calcular desde fuera el daño que su sucia arma ha causado. Todavía puede ver y oír y sentir… ¡no puede rebajarlo al rango de cadáver a su conveniencia!
El rostro de Vorkosigan parecía una máscara.
—Si lo desea —dijo lentamente—, puedo acabar con su sufrimiento. Mi cuchillo de combate está bastante afilado. Usado con rapidez, puede cortarle la garganta casi sin dolor. O, si considera que es su deber como comandante, puedo prestarle el cuchillo para que lo utilice usted.
