—¿Es lo que haría por uno de sus hombres?

—Por supuesto. Y ellos harían lo mismo por mí. Ningún hombre podría desear vivir de esa forma.

Ella se levantó y lo miró con firmeza.

—Ser de Barrayar debe de ser como vivir entre caníbales.

Un largo silencio se produjo entre ellos. Dubauer lo rompió con un gemido. Vorkosigan se agitó.

—¿Qué propone entonces que hagamos con él?

Ella se frotó las sienes, cansada, buscando un razonamiento que pudiera penetrar aquella fachada impenetrable. Su estómago ondulaba, sentía la lengua como de lana, sus piernas temblaban por el agotamiento, el bajo nivel de azúcar en la sangre y la reacción al dolor.

—¿Adónde tiene planeado ir? —preguntó por fin.

—Hay un depósito de suministros situado… en un lugar que conozco. Oculto. Contiene comunicadores, armas, comida… Poseerlo me pondría en posición de, ejem, corregir los problemas en mi mando.

—¿Tiene suministros médicos?

—Sí —admitió él, reacio.

—Muy bien. —Ahí va nada—. Cooperaré con usted, le doy mi palabra, como prisionera; le ayudaré en todo lo que pueda siempre que no ponga en peligro mi nave, si llevamos con nosotros al alférez Dubauer.

—Eso es imposible. Ni siquiera puede andar.

—Creo que puede, si se le ayuda.

Él la miró, lleno de irritación contenida.

—¿Y si me niego?

—Entonces puede dejarnos aquí a los dos o matarnos a los dos.

Cordelia apartó la mirada del cuchillo, alzó la barbilla y esperó.

—Yo no mato a los prisioneros.

Ella se sintió aliviada al oírlo hablar en plural. Dubauer había vuelto a ser considerado humano por su captor. Cordelia se arrodilló para ayudar al alférez a ponerse en pie, rezando para que Vorkosigan no decidiera poner fin a la discusión disparándole con el aturdidor y matando a su botánico a continuación.



18 из 270