
—Muy bien —capituló él, dirigiéndole una extraña mirada llena de intensidad—. Tráigalo. Pero debemos viajar rápido.
Ella consiguió incorporar al alférez. Sujetándolo con fuerza por el hombro, lo guió en su temblequeante caminar. Parecía que él podía oír, pero no decodificar ningún significado de los ruidos del habla.
—Ve —le defendió ella, a la desesperada—, puede andar. Sólo necesita un poco de ayuda.
Llegaron al borde del calvero cuando la luz de la tarde lo marcaba con largas sombras negras, como la piel de un tigre. Vorkosigan se detuvo.
—Si estuviera solo, llegaría hasta el escondite con las raciones de emergencia de mi cinturón —dijo—. Con ustedes dos, tendremos que arriesgarnos a buscar más comida en su campamento. Podrá enterrar a su otro oficial mientras yo busco.
Cordelia asintió.
—Busque algo con lo que excavar. Tengo que atender a Dubauer primero.
Él hizo un gesto de asentimiento con la mano y se dirigió hacia el círculo arrasado. Cordelia pudo recuperar un par de mantas medio quemadas de entre los restos de la tienda de las mujeres, pero nada de ropas, medicinas ni jabón, ni siquiera un cubo para transportar o calentar agua. Finalmente consiguió que el alférez la acompañara hasta el arroyuelo y lo lavó lo mejor que pudo, junto con sus heridas y sus pantalones, con el agua fría; lo secó con una de las mantas, volvió a ponerle la camiseta y la chaqueta del uniforme y lo envolvió con la otra manta de cintura para abajo, como si fuera un sarong. Él tiritó y gimió, pero no se resistió a su improvisado tratamiento.
Vorkosigan, mientras tanto, había encontrado dos cajas de raciones, con las etiquetas quemadas pero por lo demás intactas. Cordelia abrió una bolsita plateada, le agregó agua del arroyo, y descubrió que eran gachas enriquecidas con soja.
—Qué suerte —comentó—. Seguro que Dubauer podrá comerlas. ¿Qué hay en la otra caja?
