
Vorkosigan estaba haciendo su propio experimento. Añadió agua a su bolsa, la mezcló apretándola, y olisqueó el resultado.
—No estoy seguro del todo —dijo, tendiéndoselo—. Huele raro. ¿Podría estar estropeado?
Era una pasta blanca de fuerte olor.
—Está bien —le aseguró Cordelia—. Es salsa de queso artificial para ensalada.
Se acomodó y contempló el menú.
—Al menos tiene muchas calorías —se animó—. Todos necesitaremos calorías. Supongo que no llevará una cuchara en ese cinturón suyo.
Vorkosigan desenganchó un objeto del cinturón y se lo tendió sin más comentarios. Resultó estar compuesto por varios pequeños utensilios plegados sobre un mango, cuchara incluida.
—Gracias —dijo Cordelia, absurdamente complacida, como si satisfacer su humilde deseo hubiera sido un truco de mago.
Vorkosigan se encogió de hombros y se marchó para continuar su búsqueda en la oscuridad, y ella empezó a darle de comer a Dubauer. Él parecía vorazmente hambriento, pero incapaz de valerse por sí mismo.
Vorkosigan regresó.
—He encontrado esto.
Le tendió una pequeña pala de geólogo de un metro de largo, para excavar muestras de terreno.
—Es poca cosa para lo que hay que hacer, pero todavía no he encontrado nada mejor.
—Era de Reg —dijo Cordelia, aceptándola—. Servirá.
Condujo a Dubauer hasta un lugar cercano a su siguiente trabajo y lo sentó. Se preguntó si algún helecho del bosque podría proporcionarle un poco de aislamiento, y resolvió dedicarse a ello más tarde. Marcó las dimensiones de una tumba cerca del lugar donde había caído Rosemont, y empezó a apartar la gruesa hierba con la pala. El terreno era duro, pedregoso y resistente, y ella se quedó sin aliento rápidamente.
Vorkosigan apareció entonces, surgido de la noche.
—He encontrado algunas bengalas.
