Partió un tubo del tamaño de un lápiz y lo dejó en el suelo, junto a la tumba, donde desprendió un brillo fantasmagórico verdigris. La observó críticamente mientras ella trabajaba.

Cordelia apartó la tierra, lamentando aquella vigilancia. Lárgate, pensó, y déjame enterrar a mi amigo en paz. Se sintió aún más incómoda cuando un nuevo pensamiento la asaltó: tal vez no me deje terminar, estoy tardando demasiado… Cavó con más fuerza.

—A este paso, estaremos aquí hasta la semana que viene.

Si se movía lo bastante rápido, pensó ella, irritada, ¿conseguiría golpearlo con la pala? Sólo una vez…

—Vaya a sentarse con su botánico. —Él extendió la mano; ella comprendió que por fin iba a ayudarla a cavar.

—Oh… —Soltó la herramienta. Él tomó su cuchillo de combate y lo clavó en las raíces de las hierbas donde Cordelia había marcado su rectángulo y empezó a cavar, de manera mucho más eficaz que ella.

—¿Qué clase de carroñeros han encontrado por aquí? —preguntó entre paletadas—. ¿A qué profundidad cavo?

—No estoy segura —respondió ella—. Sólo llevábamos aquí tres días. Pero es un ecosistema bastante complejo, y los nichos más inimaginables parecen estar ocupados.

—Mmm.

—El teniente Stuben, mi zoólogo jefe, encontró un par de hexápodos muertos y a más que medio devorar. Detectó a algo que definió como cangrejo peludo rondando uno de ellos.

—¿Qué tamaño tenían? —preguntó Vorkosigan con curiosidad.

—No lo dijo. He visto imágenes de los cangrejos de la Tierra, y no parecen muy grandes… Del tamaño de su mano, tal vez.

—Un metro puede ser más que suficiente.

Él continuó la excavación con poderosas y breves mordeduras de la inadecuada pala. La bengala iluminaba su rostro desde abajo, proyectando hacia arriba sombras de la poderosa mandíbula, la nariz ancha y recta, y las tupidas cejas. Tenía una antigua cicatriz en forma de ele, advirtió Cordelia, en el lado izquierdo de la barbilla. Le recordó a un rey enano de alguna saga norteña, cavando en las profundidades insondables.



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