—Es verdad, cabo —dijo Miles—. Tiene derecho a apelar, primero frente al magistrado del distrito, después frente a la corte del conde. Y el magistrado de distrito estará fuera dos semanas.

Ese sector del distrito nativo del conde Vorkosigan sólo tenía un magistrado, cargado de trabajo, que viajaba por un circuito que incluía el pueblo de Vorkosigan Surleau, junto al lago, pero el pueblo lo recibía sólo un día al mes. Y como la región del país del primer ministro estaba plagada de guardias de seguridad imperial cuando llegaba el gran señor, y se vigilaba con mucho cuidado cuando no estaba, los que causaban problemas solían irse con la música a otra parte.

—Regístrela y déjela entrar —ordenó Miles—. Yo asumo toda la responsabilidad.

El guardia era uno de los mejores de la Seguridad Imperial, entrenado para buscar asesinos hasta en su propia sombra. Parecía escandalizado, y bajó la voz para decirle a Miles:

—Señor, si todos los lunáticos de esta región entraran en las instalaciones cuando quisieran…

—Yo la llevaré. Voy para allá.

El guardia se encogió de hombros, impotente, y estuvo a punto de cuadrarse: era obvio que Miles no estaba uniformado. Finalmente, sacó un detector de su cinturón y organizó todo un espectáculo alrededor de un registro muy cuidadoso de la mujer. Miles se preguntó si se habría sentido tentado a desnudarla si él no hubiera estado allí. Cuando el guardia terminó de demostrar lo concienzudo, leal y eficiente que era, abrió la llave del gran portón, introdujo el código —incluyendo el estudio de la retina de la mujer— en el monitor del ordenador y se hizo a un lado con una pose un poco exagerada de descanso militar. Miles sonrió ante esa forma de expresar desagrado y avanzó, con la mujer agotada asida por el codo, por el sendero zigzagueante que se abría detrás de los portones.



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