Una cabeza demasiado grande, un cuello demasiado corto, la espalda agobiada con una columna torcida, piernas extrañas que atraían la mirada con sus abrazaderas brillantes de aluminio y los huesos frágiles que se rompían cada dos por tres. Si la mujer de las colinas hubiera estado de pie, Miles apenas le habría llegado al hombro. Ahora esperó, aburrido, a que la mano de ella hiciera el signo de la equis que usaban en los pueblos pequeños contra las mutaciones, pero la mano sólo tembló y se transformó en un puño.

—Tengo que ver a mi señor conde —dijo ella, dirigiéndose a un punto incierto entre el guardia y Miles—. Tengo derecho. Mi padre murió en el Servicio. Tengo derecho.

—El primer ministro, el conde Vorkosigan —afirmó el guardia serio y tenso— ha venido a este estado secundario a descansar. Si estuviera trabajando, ya habría vuelto a Vorbarr Sultana. —El guardia parecía estar deseando viajar él a Vorbarr Sultana en ese mismo momento.

La mujer aprovechó la pausa.

—Usted es sólo un hombre de ciudad. Él es mi conde. Mi derecho.

—¿Para qué quiere ver al conde Vorkosigan? —preguntó Miles con paciencia.

—Asesinato —gruñó la niña-mujer. El guardia de seguridad hizo un leve movimiento espasmódico—. Quiero denunciar un asesinato.

—¿No debería denunciarlo primero frente al portavoz de su pueblo? —preguntó Miles con un gesto para calmar al guardia, que estaba cada vez más inquieto.

—Ya lo he hecho. Y no quiere hacer nada, nada. —La rabia y la frustración le quebraron la voz—. Dice que ya está hecho. Terminado. No quiere tomarme la denuncia, dice que es una estupidez. Que sólo le causaría problemas a todo el mundo, dice. Pero a mí no me importa! ¡Yo quiero justicia!

Miles frunció el ceño, pensativo, mirando a la mujer de arriba abajo. Los detalles corroboraban lo que ella decía que era, y eso se agregaba a una sensación sólida, aunque subliminal, de algo cierto que tal vez escapaba a la paranoia profesional de los que trabajan en seguridad.



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