Sólo le quedaban diez preciosos días antes de volver a casa y Miles quería hacer muchas cosas, Incluyendo el viaje a Vorbarr Sultana con su primo Ivan para recoger el nuevo avión rápido. Y después, su primera misión… en una nave, esperaba Miles. Había tenido que vencer una tentación muy fuerte para no pedir a su padre que se asegurara de que esa primera misión fuera realmente en una nave. Aceptaría cualquier misión que le deparara el destino, ésa era la primera regla del juego. Ganaría con la mano que le entregara el croupier. .

El interior del pabellón estaba sombrío y fresco después del resplandor del exterior. Lo habían amueblado con sillas y mesas viejas y cómodas, una de las cuales todavía mostraba los restos de un noble desayuno. Miles vio mentalmente dos tortas de aceite solitarias sobre una bandeja llena dé migas, quizá para él. La madre de Miles, que se inclinaba a coger su taza, sonrió desde el otro lado de la mesa.

El padre, sentado en un sillón viejo, llevaba una camisa de cuello abierto y pantalones cortos. Aral Vorkosigan era robusto, de cabello gris, mandíbula grande, cejas espesas, con cicatrices. Una cara que se prestaba para la caricatura salvaje… Miles había visto algunas en la prensa de la oposición y en las historias que escribían los enemigos de Barrayar. Bastaba con agregar una línea para que esos ojos penetrantes y agudos se transformaran en ojos de tonto y se prestaran a la parodia archiconocida del dictador militar.

« ¿Y hasta dónde lo persigue el fantasma del abuelo? —se preguntó Miles—. No lo demuestra demasiado. Pero claro, no tiene por qué hacerlo.» El almirante Aral Vorkosigan, estratega mayor del espacio, conquistador de Komarr, héroe de Escobar, regente imperial durante dieciséis años y poder supremo en Barrayar en todo excepto en el nombre. Y entonces puso el broche de oro, confundió a la historia y a todos los testigos, tan seguros de sí mismos, y acumuló mayor honor y gloria del conocido hasta el momento al renunciar voluntariamente y transferir el mando al emperador Gregor cuando éste llegó a la mayoría de edad. Claro que el título de primer ministro no dejaba de ser un buen retiro para un regente y el conde todavía no daba muestras de querer dejar el cargo en manos de nadie.



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