Y así, la vida del almirante Aral podía enfrentarse a la del general Piotr con una mano de naipes impresionante. ¿Dónde quedaba el alférez Miles, entonces? Con dos cartas de dos y un comodín. Tendría que darse por vencido o empezar a mentir como un loco…

La mujer de la colina estaba sentada sobre un almohadón con una torta de aceite a medio comer en la mano, mirando atónita a Miles en toda su fuerza y elegancia. Cuando él la miró a su vez, la mujer apretó los labios y se le encendieron los ojos. Su expresión era extraña… ¿Rabia? ¿Excitación? ¿Vergüenza? ¿Diversión? ¿Una extraña mezcla de todo? ¿Y quién pensabas que era yo, mujer?

Uniformado (¿trataba de parecer importante?), Miles se cuadró frente a su padre.

—¿Señor?

El conde Vorkosigan habló a la mujer.

—Es mi hijo. Si lo envío como mi voz, ¿le parecería satisfactorio?

—Ah —dejó escapar ella, la boca abierta en una mueca extraña, feroz, la expresión más intensa que Miles hubiera visto en su rostro hasta el momento— Claro que sí, mi señor.

—Muy bien, entonces ya está decidido.

¿Qué es lo que está decidido?, se preguntó Miles, con cautela. El conde estaba recostado en su silla, al parecer satisfecho, pero con una tensión muy peligrosa en los ojos, una señal evidente de que algo lo había enfurecido. No era rabia contra la mujer: era obvio que habían llegado a una especie de acuerdo y… Miles dio un rápido repaso a su conciencia, no era contra él tampoco. Se aclaró la garganta, torció la cabeza y abrió la boca en una sonrisa de curiosidad, como para preguntar lo que sucedía.



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