
—No hay problema —dijo Miles al doctor con voz muy aguda— Está bien. Estaba… estaba… —Disgustado no parecía la palabra correcta: durante un momento sintió que iba a explotarle la cabeza—. No importa.
Era obvio que había perdido el control, sí y eso era horrible. Pensar que Illyan, al que había conocido desde siempre, su jefe, que siempre parecía haber confiado en él implícitamente… porque si no le tenía confianza, ¿para qué lo enviaba a una serie de misiones independientes, tan lejos del alcance de su control? Miles se había sentido orgulloso de que confiaran en él de esa manera a pesar de su juventud como oficial, se había sentido orgulloso de que controlaran tan poco sus operaciones secretas… ¿O era que toda su carrera hasta el momento había sido no un servicio que el Imperio necesitara con urgencia sino un complot para sacarse del medio a un Vor peligrosamente torpe? Soldados de juguete… no, no tenía sentido. Un estafador. Fea palabra. Qué insulto terrible a su honor y a su inteligencia… como si él no hubiera sabido nunca de dónde venían los fondos del Imperio y a qué costo.
La rabia que había sentido al principio dio paso a una depresión oscura. Le dolía el corazón. Se sentía manchado, sucio. ¿Acaso Illyan… ¡Illyan!, podía pensar, aunque fuera por un segundo…? Sí, sí. Illyan no habría estado allí, no habría hecho eso si no estuviera preocupado de verdad, asustado con la idea de que esas acusaciones pudieran probarse. Para su horror, Miles descubrió que estaba llorando. A la mierda con esas drogas.
Illyan lo contemplaba con inquietud.
—De una forma u otra, Miles, mañana tengo que justificar tus gastos… que son los de mi departamento.
—Prefiero que me hagan una corte marcial.
Illyan apretó los labios.
—Volveré más tarde. Cuando hayas dormido algo. Tal vez entonces seas más coherente.
El doctor se acercó, examinó a Miles, le dio otra maldita droga y se fue. Miles, que se sentía de plomo, se volvió hacia la pared, no para dormir, sino para recordar.
