
LAS MONTAÑAS DE LA AFLICCIÓN
Miles oyó llorar a la mujer mientras trepaba la colina desde la orilla del extenso lago. No se había secado después del baño, porque la mañana prometía un calor agobiante. El agua del lago se deslizaba, fresca, sobre su pecho desnudo y su espalda, y le molestaba entre las piernas, cayendo desde los pantalones cortos y deshilachados. Las abrazaderas de las piernas le rozaban la piel mojada al pasar por entre los arbustos, corriendo al estilo militar. Le crujían los zapatos viejos y húmedos. Se detuvo con curiosidad cuando oyó las voces.
La voz de la mujer estaba cargada de dolor y de cansancio.
—Por favor, señor, por favor. Lo único que quiero es justicia…
La voz del guardia de la puerta principal. estaba llena de irritación y vergüenza al mismo tiempo.
—No soy un señor. Vamos, levántate, mujer. Vuelve a tu aldea y díselo al magistrado de distrito.
—¡Le digo que vengo de allí! —La mujer no se movió. Seguía arrodillada cuando Miles salió de los arbustos y vio la escena desde el otro lado de la ruta pavimentada—. El magistrado no vuelve hasta dentro de varias semanas. He caminado cuatro días para llegar aquí. Me queda poco dinero… —La esperanza vibró en su voz y dobló y enderezó la columna mientras buscaba en el bolsillo de su falda. Luego tendió las manos hacia el guardia—. Un marco y veinte, es todo lo que tengo; pero…
El ojo exasperado del guardia cayó sobre Miles y se enderezó con brusquedad, como si tuviera miedo de que Miles sospechara que él se sentía tentado por un soborno tan ínfimo.
—¡Fuera, mujer! —ordenó.
Miles levantó una ceja y avanzó cojeando hacia la puerta principal.
—¿Qué ocurre, cabo? —preguntó con voz tranquila.
