
El cabo de guardia era un préstamo de la Seguridad Imperial y usaba el uniforme verde de cuello alto del Servicio de Barrayar. Estaba sudado e incómodo bajo la luz brillante de la mañana de ese distrito del Sur, pero Miles se dio cuenta de que el hombre prefería hervir hasta la muerte antes que sacarse el cuello en ese puesto. No tenía acento local, era un hombre de ciudad, de la capital, donde los problemas como el que tenía de rodillas frente a sí iban a parar a manos de una burocracia más o menos eficaz.
La mujer, en cambio, era de allí mismo… tenía la palabra «provinciana» grabada sobre todo el cuerpo. Y obviamente venía de un pueblo muy pequeño. Era más joven de lo que sugería su voz llena de preocupación y dolor. Alta, roja y afiebrada de tanto llorar, con el cabello rubio y lacio cayéndole sobre una cara flaca como la de un hurón, y ojos grises y saltones. Si la hubieran lavado, alimentado y hubiera estado descansada, alegre y confiada, tal vez habría podido adquirir algo parecido a la belleza, pero se había quedado muy lejos de eso a pesar de que tenía un cuerpo notable. Delgada pero de senos llenos… no, Miles se corrigió mientras cruzaba la calle y llegaba a la puerta. Tenía el corsé manchado de leche seca aunque no llevaba un bebé en brazos. La forma de los senos era temporal. Llevaba puesto un vestido gastado cosido a mano, simple y basto. Tenía los pies descalzos, llenos de callos, heridos y con arañazos.
—No pasa nada —le aseguró el guardia a Miles—. Márchate —susurró a la mujer.
Ella se levantó de su posición de rodillas pero se sentó, donde estaba, empecinada.
—Voy a llamar al sargento —amenazó el guardia mientras la miraba con cautela—, él la sacará de aquí.
—Espere un momento —dijo Miles.
Ella miró a Miles desde abajo, con las piernas cruzadas, sin saber si identificarlo o no como una esperanza. La ropa de Miles no le daba ninguna pista. Él levantó el mentón y esbozó una sonrisa.
