Después del funeral de Boom-Boom prometí no regresar jamás; sin embargo, tales juramentos suelen ser presuntuosos; no se pueden cumplir. Aun así, intento hacerlo. Cuando mi antigua entrenadora de baloncesto me llamó para rogarme, o tal vez para ordenarme, que la sustituyera mientras la operaban de un cáncer, contestar «no» fue un acto reflejo.

– Victoria, el baloncesto te sacó de este barrio. Estás en deuda con las chicas que siguen tus pasos. Merecen una oportunidad como la que tú tuviste.

No fue el baloncesto sino el empeño de mi madre en que tuviera una educación universitaria lo que me sacó de South Chicago, repliqué. Y mis notas de acceso fueron condenadamente buenas. Pero tal como señaló la entrenadora McFarlane, la beca por méritos deportivos que me concedió la Universidad de Chicago tampoco me vino mal.

– Aunque así sea, ¿por qué el instituto no contrata a un suplente? -pregunté con terquedad.

– ¿Piensas que me pagan por entrenar? -alzó la voz indignada-. Esto es el Bertha Palmer High, Victoria. Es South Chicago. No tienen recursos y además están de auditoría, lo cual significa que hasta el último centavo se destina a preparar a los chavales para las pruebas oficiales. Sólo porque mi trabajo es voluntario mantienen vivo el programa para las chicas, y apenas alcanzamos a sostener las constantes vitales, tal como están las cosas: tengo que andar pidiendo dinero por ahí para pagar los uniformes y el equipo.

Mary Ann McFarlane me había enseñado latín además de baloncesto; y también tuvo que ponerse al día en geometría cuando el instituto dejó de dar clases de lenguas excepto las de inglés y español. Pese a todos los cambios, siguió entrenando al equipo femenino de baloncesto. Yo no había sido consciente de nada de aquello hasta que ella misma me lo contó aquella tarde.



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