
– Sólo son dos horas, dos días por semana -agregó.
– Más una hora de viaje de ida y otra de vuelta -repuse-. No puedo asumirlo: tengo una agencia de investigación muy activa, trabajo sin ayudantes, cuido de un amante cosido a balazos en Afganistán. Y encima tengo que ocuparme de mi casa y de mis dos perros.
La entrenadora McFarlane no se dejó impresionar; todo aquello no eran más que burdas excusas.
– Qaotidie damnatur qui semper timet -dijo con acritud.
Tuve que recitar la frase varias veces antes de poder traducirla: «Quien siempre tiene miedo se condena a diario».
– Sí, es posible, pero llevo décadas sin practicar el baloncesto de competición. Las jovencitas que se unen a nuestros partidos de los sábados en la YWCA tienen un juego más rápido y agresivo que el de mis mejores tiempos. Quizás una de esas veinteañeras tenga un par de tardes libres a la semana para dedicarte. Hablaré con ellas este fin de semana.
– Ninguna de esas jóvenes querrá venir al cruce de la Diecinueve con Houston por nada del mundo -espetó-. Este es tu barrio, estos son tus vecinos, no esos pijos de Lakewood, donde crees que estás escondida.
Aquello me molestó tanto que me disponía a dar por terminada la conversación cuando agregó:
– Sólo hasta que el instituto encuentre a otra persona, Victoria. O a lo mejor ocurre un milagro y yo misma puedo volver.
Así fue como supe que se estaba muriendo. Así fue como supe que iba a tener que regresar a South Chicago una vez más, a emprender un nuevo viaje hacia el dolor.
Capítulo 2
Colegas
El ruido era ensordecedor. Las pelotas aporreaban el viejo entarimado amarillo. Rebotaban contra los tableros de las canastas y las gradas que circundaban el perímetro de la pista, creando un tamborileo sincopado tan fuerte como un viento de tormenta. En la pista las chicas practicaban ganchos y tiros libres, rebotes, regateos entre las piernas y por detrás de la espalda. No todas tenían pelota, el presupuesto del instituto no daba para más, pero incluso con diez pelotas se arma un barullo sensacional.
