
El propio pabellón daba la impresión de que nunca se hubiese pintado, o ni siquiera limpiado, desde la última vez que había jugado allí. Olía a sudor rancio, y dos de los focos del techo estaban rotos, de modo que allí dentro siempre parecía que fuese febrero. En la pista había desconchones y tablas combadas; cada dos por tres una de las chicas se olvidaba de vigilar dónde pisaba en el pasillo de tiros libres o en el rincón izquierdo, las dos zonas más deterioradas, y sufría una caída. La semana anterior, una de nuestras aleros más prometedoras se había hecho un esguince en un tobillo.
Procuré que tan desalentadora atmósfera no me afectara. Al fin y al cabo, el Bertha Palmer tenía dieciséis chicas que deseaban jugar y algunas se entregaban al juego en cuerpo y alma. Mi trabajo consistía en ayudarlas hasta que el instituto encontrara un entrenador fijo. Y en infundirles ánimo cuando comenzase la temporada y tuvieran que enfrentarse a equipos con instalaciones mejores, en mejor forma física y con entrenadores mucho más capacitados.
Las que aguardaban turno bajo las canastas se suponía que debían de estar corriendo o haciendo estiramientos, pero tendían a acosar a las chicas que tenían la pelota, tratando de arrebatársela o exigiendo acaloradamente a April Czernin o a Celine Jackman que dejaran de acaparar tiempo de lanzamientos.
«Tu mamá no se abrió de piernas para comprarte esa pelota, así que pásala», era una pulla frecuente. Debía estar alerta a las riñas que podían acabar en auténticas batallas campales mientras corregía los defectos en la manera de lanzar. Y pasar por alto los berridos del bebé y del crío en las gradas. Los niños eran de la pívot, Sancia, una chica desgarbada de dieciséis años que, pese a medir casi dos metros de estatura, parecía un bebé. En teoría, los niños estaban al cuidado de su novio, pero éste se limitaba a sentarse hoscamente a su lado, con los auriculares del Discman en los orejas, tan ajeno a sus hijos como a lo que sucedía en la pista.
