
También procuraba que Marcena Love no me distrajera, aunque su mera presencia bastaba para dar cuerda a mi equipo, intensificando el ritmo de los insultos así como el del entrenamiento. No se trataba de que Marcena fuese una cazatalentos ni una entrenadora o que supiese siquiera gran cosa acerca del juego, pero el equipo era ferozmente consciente de su presencia.
Había llegado conmigo, impecable con sus pantalones elásticos de Prada y un enorme bolso de cuero al hombro; la presenté brevemente: era inglesa, era periodista, quería tomar unas cuantas notas y tal vez hablar con alguna de las chicas durante los descansos.
Se habrían derretido por ella de todos modos, pero al enterarse de que había entrevistado a Usher en el estadio de Wembley se pusieron a chillar de excitación.
– ¡Hable conmigo, señorita, hable conmigo!
– No le haga caso, es la mayor embustera del South Side.
– ¿Quiere sacarme una foto haciendo mi tiro en suspensión? Voy a jugar en la liga nacional este año.
Tuve que emplear una palanca para despegarlas de Love y hacerlas volver a la pista. Incluso mientras se elegían los equipos y los turnos de lanzamiento mantenían un ojo puesto en ella.
Sacudí la cabeza: yo misma estaba prestando demasiada atención a Love. Intercepté una pelota de April Czernin, otra prometedora alero, y traté de mostrarle cómo retroceder hacia el pasillo de tiros libres, volviéndome en el último instante para efectuar el lanzamiento saltando hacia atrás que hiciera famoso Michael Jordán. Al menos encesté, lo cual siempre es un plus cuando intentas lucirte con una jugada. April repitió el lanzamiento unas cuantas veces mientras otra jugadora se quejaba:
