
– ¿Por qué la dejas seguir mientras yo me quedo sin tiempo, entrenadora?
Que me llamasen «entrenadora» todavía me desconcertaba. No quería acostumbrarme, aquello sólo era temporal. De hecho, esperaba conseguir una empresa patrocinadora esa misma tarde, alguien dispuesto a pagar una buena suma para contratar a un profesional, o al menos a un semiprofesional, que se hiciera cargo del equipo.
Cuando hice sonar el silbato para poner fin al calentamiento libre, Theresa Díaz se plantó ante mí.
– Entrenadora, tengo el período.
– Fantástico -dije-. Eso significa que no estás embarazada.
Se sonrojó y frunció el entrecejo: pese a que casi el quince por ciento de sus compañeras estaban encinta, las chicas se aturullaban y avergonzaban cuando se hablaba de su cuerpo.
– Entrenadora, tengo que ir al lavabo.
– De una en una; ya conoces las reglas. Cuando Celine regrese, irás tú.
– Pero, entrenadora, mis pantalones se… ya sabe…
– Puedes aguardar en el banquillo hasta que Celine regrese -dije-. Las demás: poneos en dos filas; vamos a practicar bandejas y rebotes.
Theresa soltó un suspiro exagerado y caminó con afectación hasta el banquillo.
– ¿Qué sentido tiene semejante abuso de autoridad? ¿Acaso humillando a una chica conseguirá que sea mejor jugadora?
La voz clara y aguda de Marcena fue lo bastante alta como para que las dos chicas que estaban más cerca dejaran de pelear por la pelota y aguzaran el oído.
Josie Dorrado y April Czernin desplazaron su atención de Love a mí para ver cómo iba a responder. No podía, ni debía, perder los estribos. Al fin y al cabo, tal vez sólo fuesen imaginaciones mías que Love se estuviera metiendo donde no la llamaban para sacarme de quicio.
– Si quisiera humillarla, iría con ella al lavabo para comprobar si realmente tiene el período. -También lo dije en voz lo bastante alta como para que el equipo me oyera-. Hago como que me lo creo porque podría ser verdad.
