
Cuando la punzada se atenuó, miré hacia la fábrica. Tras la ventana que había estallado todo era fuego rojo y azul, un resplandor tan denso que no se distinguían las llamas, sólo la masa de colores intensos. Los rollos de tela almacenados allí avivaban el incendio.
Y Frank Zamar. Me acordé de él con un sobresalto de consternación. ¿Dónde se encontraba cuando aquella bola de fuego había estallado? Me levanté como buenamente pude y eché a caminar dando traspiés.
Llorando de dolor, saqué mis ganzúas y me puse a hurgar en la cerradura. No fue hasta el tercer intento en vano que recordé mi teléfono móvil. Lo busqué a tientas en mis bolsillos y llamé a los bomberos.
Mientras aguardaba a que llegasen seguí probando en la cerradura. La herida del hombro izquierdo dificultaba mis movimientos. Traté de sujetar las llaves con la mano izquierda, pero ese lado del cuerpo me temblaba; no conseguía agarrar las piezas metálicas con firmeza.
Era un incendio inesperado, aunque en realidad no esperaba nada especial cuando llegué allí. Sólo fue una insidiosa desazón la que me llevó de nuevo a Fly the Flag mientras volvía a casa. Giré en redondo en Escanaba y fui zigzagueando por calles cubiertas de baches hasta South Chicago Avenue. Ya habían dado las seis, estaba oscuro, pero aun así al pasar por delante de Fly the Flag vi unos coches en el patio. La calle estaba desierta, aunque eso no era tan raro en aquel descampado; sólo circulaban unos pocos vehículos rezagados, furtivos, gente que salía de las pocas fábricas que seguían en pie para dirigirse a los bares o a su casa.
