
Dejé el Mustang en una calle lateral confiando en que no atrajera la atención de ningún desaprensivo. Metí el móvil y la cartera en los bolsillos del abrigo, cogí mis ganzúas de la guantera y guardé el bolso en el maletero.
Al amparo de la oscuridad de la fría noche de noviembre, subí gateando al terraplén trasero de la fábrica, la empinada colina que eleva la autovía de peaje que pasa sobre la vieja barriada. El rugido del tráfico por encima de mi cabeza acallaba cualquier ruido que yo hiciera, incluso el grito que solté cuando tropecé con un neumático y caí de bruces al suelo.
Desde mi puesto de observación casi a la altura de la autovía veía la entrada trasera y el patio lateral pero no la fachada del edificio. A las siete, cuando terminó el turno, apenas entreví las siluetas de los trabajadores dirigiéndose cansinamente a la parada del autobús. Algunos coches avanzaban detrás de ellos dando tumbos por la rampa de salida.
Las luces seguían encendidas en el extremo norte de la planta. Frente a mí, una de las ventanas del sótano también mostraba un pálido resplandor fluorescente. Si Frank Zamar aún estaba en el local, cabía esperar que estuviera haciendo algo, cualquier cosa, desde comprobar el inventario hasta poner ratas muertas en los conductos de ventilación. Busqué entre los escombros un cajón al que encaramarme para ver la parte de atrás. Había bajado media cuesta hurgando los desechos cuando la luz de la ventana se apagó y, al instante, se inflamó.
Seguía bregando con la cerradura de la puerta principal cuando las sirenas dejaron oír su lamento en South Chicago Avenue. Dos camiones, un vehículo de mando y una legión de blanquiazules gritaban en el patio.
Unos cuantos hombres con impermeables negros me rodearon. Tranquila, señorita, retírese, lo tenemos todo controlado, los golpes de las hachas contra el metal, Dios mío, mira lo que tiene en el hombro, llama una ambulancia, una gigantesca mano enguantada llevándome en brazos con la misma soltura que si fuese un bebé, no una detective de sesenta y cuatro kilos, y más tarde, sentada de lado en el asiento del pasajero del vehículo de mando, con los pies en el suelo, jadeando otra vez. Una voz que conocía:
