– Por todos los santos, señora W., ¿qué está haciendo usted aquí?

Levanté la vista, asustada, y me sentí mareada de puro alivio.

– ¡Conrad! ¿De dónde sales? ¿Sabías que estaba aquí?

– No lo sabía, aunque tendría que haberme figurado que si estallaba algún edificio en mi territorio no andarías muy lejos. ¿Qué ha pasado?

– No lo sé. -La punzada de dolor me estaba atravesando otra vez, nublándome la vista-. Zamar. ¿Dónde está?

– ¿Quién es Zamar, tu última víctima?

– El propietario de la planta, jefe -dijo un hombre fuera de mi estrecho campo visual-. Está atrapado ahí dentro.

Un walkie-talkie chicharreaba, sonaban móviles, los hombres hablaban, los motores hacían ruidos metálicos, bomberos con el gesto alterado y con el rostro manchado de hollín arrastraban un cuerpo calcinado. Cerré los ojos y dejé que la corriente de dolor me llevara consigo.

Recobré el conocimiento al llegar la ambulancia. Fui tambaleándome hasta la puerta de atrás por mi propio pie, pero los sanitarios tuvieron que auparme al interior. Una vez atada con las correas, incómoda, de lado, la sacudida de la ambulancia al arrancar me redujo a un diminuto punto de dolor concentrado. Si cerraba los ojos se me revolvía el estómago, pero la luz me taladraba cuando los abría.

Al bajar en picado por la entrada de ambulancias reparé vagamente en el nombre del hospital, pero lo único que fui capaz de hacer fue mascullar respuestas a las preguntas que me hacía la enfermera de admisiones. De un modo u otro me las arreglé para sacar de la cartera la tarjeta del seguro, firmé formularios, escribí el nombre de mi médico, Lotty Herschel, y les dije que si me ocurría algo avisaran al señor Contreras. Quise llamar a Morrell, pero no me dejaron usar el móvil y me tendieron en una camilla. Alguien me clavó una aguja en el dorso de la mano, y otros desconocidos se cernieron sobre mí diciendo que tendrían que cortarme la ropa.



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