Intenté protestar: llevaba un buen traje debajo de mi chaquetón de marinero, pero para entonces el tranquilizante ya estaba surtiendo efecto y sólo conseguí farfullar. No me anestesiaron del todo, pero debieron de darme una sustancia que provocaba amnesia: aún hoy no recuerdo que me cortaran la ropa ni que me sacaran el trozo del marco de ventana de la espalda.

Estaba consciente cuando me llevaron a la cama. Los fármacos y el dolor punzante del hombro me despertaban de golpe cada vez que me adormilaba. Cuando la doctora residente vino a verme a las seis me encontró despierta, aunque en ese estado de cansancio y embotamiento que, después de una noche en vela, pone una especie de cortina de gasa entre una y el mundo.

También ella llevaba toda la noche sin dormir, ocupándose de urgencias quirúrgicas como la mía; pero a pesar del sueño era lo bastante joven para sentarse en la silla que había junto a mi cama y hablar con viveza y casi se podría decir que con alegría.

– Cuando la ventana estalló, se le clavó un fragmento del marco en el hombro. Ha sido una suerte que fuera una noche fría y llevase puesto el chaquetón, pues éste impidió que penetrara más y que le causara una lesión más grave.

Me enseñó un trozo de metal retorcido de unos veinticinco centímetros; podía quedármelo, si lo deseaba.

– Ahora la enviaremos a su casa -agregó después de tomarme el pulso, palparme la cabeza y comprobar los reflejos de mi mano izquierda-. Así es la nueva medicina, ya ve. Sales del quirófano y entras en un taxi. Su herida se curará sin problemas. Lo único que no debe hacer durante una semana es mojar el apósito, así que nada de duchas. Vuelva el próximo viernes a las consultas externas; le cambiaremos el apósito y veremos cómo va evolucionando. ¿Qué clase de trabajo hace?



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