– Los rumores tienen razón -dijo Rio-. ¿Qué más sabes de ella?

Conner se encogió de hombros.

– Imelda es la hija del difunto Manuel Cortez. Aprendió su crueldad y arrogancia en la cuna y se hizo cargo de las conexiones de su padre tras su muerte. Paga con dólares a toda la milicia local y compra a los funcionarios como si fueran dulces.

Se encontró con los ojos de Rio.

– Sea cual sea esta operación, todos estarán contra ti. Incluso algunos de mi propia gente habrán sido comprados. No podrás fiarte de nadie. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

– No creo que tengamos elección -contestó Rio. Se encontró con los ojos de Conner-. Comprendo que ella es una fiera devoradora de hombres y prefiere machos muy masculinos y dominantes.

El cuarto se quedó silencioso. La tensión se estiró. El color dorado de los gatunos ojos de Conner se profundizó a puro whisky, brillando con alguna débil amenaza. Un músculo hizo tictac en la mandíbula.

– Hazlo tú, Rio. Yo ya no hago esa clase de trabajo.

– Sabes que no puedo. Rachel me mataría y francamente, no tengo la misma clase de cualidad dominante que tú. Las mujeres siempre van a por ti.

– Tengo una compañera. Ella puede odiar mis intestinos, pero no la traicionaré más de lo que ya lo he hecho. No. -Medio giró, preparado para marcharse.

– Tu padre nos envió mucha de la información -dijo Rio, su voz calmada.

Conner le daba la espalda al hombre. Se paró, cerró los ojos brevemente antes de girarse. Todo su comportamiento cambió. El leopardo ardía en sus ojos. Había una amenaza en los movimientos de su cuerpo, en la manera fluida y peligrosa que se deslizó hacia Rio. La amenaza fue suficiente para que los otros tres hombres se pusieran de pie. Conner los ignoró, parándose delante de Rio, los ojos dorados enfocados completamente en su presa.



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