
Dónde habían estado sus pies, unas patas acolchadas se abrieron camino fácilmente sobre el suelo esponjoso de la selva. Subió sobre una serie de árboles caídos y atravesó la espesa maleza. Tres metros más allá en la selva, la luz del sol desaparecía enteramente. La selva le había tragado y dio un suspiro de alivio. Pertenecía. Su sangre se encrespó caliente en las venas mientras levantaba la cara y dejaba que los bigotes actuaran como el radar que eran. Por primera vez en meses, se sentía cómodo en su propia piel. Se estiró y pisó más profundamente en la familiar selva.
Conner prefería su forma de leopardo a la del hombre. Cargaba con demasiados pecados en su alma para estar enteramente cómodo como humano. Las marcas de garras grabadas profundamente en su cara atestiguaban eso, marcándole para siempre.
No le gustaba pensar demasiado acerca de esas cicatrices y de cómo habían sucedido o porque había permitido que Isabeau Chandler se las infligiera. Había tratado de huir a los Estados Unidos, para poner tanta distancia como pudo entre él y su mujer, su compañera, pero no había podido sacarse de encima la mirada en la cara de Isabeau cuando ella averiguó la verdad acerca de él. El recuerdo le obsesionaba día y noche.
Era culpable de uno de los peores crímenes que los de su clase podían cometer. Había traicionado a su propia compañera. No había sabido que ella era su compañera cuando aceptó el trabajo de seducirla y acercarse a su padre, pero eso no importaba.
El leopardo levantó la cara al viento y echó para atrás los labios en un gruñido silencioso. Sus patas se hundieron silenciosamente en la vegetación en descomposición del suelo de la selva.
