Se movió por la maleza, la piel se deslizaba en silencio por las hojas de los numerosos arbustos. Periódicamente se detenía y rastrillaba las garras en el tronco de un árbol, marcando su territorio, restableciendo su reclamo, permitiendo que los otros machos supieran que él estaba en casa y era alguien con el que lidiar. Había aceptado este trabajo para permanecer fuera de la selva tropical de Borneo donde Isabeau vivía. No se atrevía a ir allí. Porque sabía que si iba, finalmente, olvidaría todo acerca de ser civilizado y permitiría que su leopardo se liberara para encontrarla y ella no quería tener nada, nada, que ver con él.

Un gruñido bajo retumbó en su garganta cuando trató de cortar los recuerdos. Ardía por ella. Noche y día. No importaba que hubiera puesto un océano entre ellos. La distancia nunca importaría, ahora que sabía que estaba viva y la había reconocido. Él tenía todos los rasgos de un leopardo, los reflejos, la agresividad y la astucia, la ferocidad y los celos, pero sobre todo la forma de encontrar a su compañera y conservarla. El hombre en él quizás comprendía que la ley de la selva ya no era el modo en que su gente podía vivir, pero aquí en la selva tropical, no podía evitar que las necesidades primitivas se alzaran afiladas y fuertes.

Había pensado que volver a casa ayudaría, pero en vez de eso, la ferocidad estaba en él, atrapándolo por los dientes, golpeando contra su cuerpo con la necesidad urgente hasta que quería rastrillar y arañar, desgarrar a un enemigo y rugir a los cielos. Quería localizar a Isabeau y reclamarla tanto si ella lo deseaba como si no. Desafortunadamente, su compañera era cambia forma también, lo que significaba que compartía todos los mismos rasgos feroces, inclusive el permanente y violento odio.

Alzó la mirada a los árboles altos, al grueso dosel que no dejaba pasar la luz del sol. Las flores se adherían a los troncos de los árboles, un derroche de color, rivalizando con el musgo y los hongos, todos estirándose hacia la luz de arriba.



5 из 405