
Un gruñido bajo retumbó en su garganta cuando trató de cortar los recuerdos. Ardía por ella. Noche y día. No importaba que hubiera puesto un océano entre ellos. La distancia nunca importaría, ahora que sabía que estaba viva y la había reconocido. Él tenía todos los rasgos de un leopardo, los reflejos, la agresividad y la astucia, la ferocidad y los celos, pero sobre todo la forma de encontrar a su compañera y conservarla. El hombre en él quizás comprendía que la ley de la selva ya no era el modo en que su gente podía vivir, pero aquí en la selva tropical, no podía evitar que las necesidades primitivas se alzaran afiladas y fuertes.
Había pensado que volver a casa ayudaría, pero en vez de eso, la ferocidad estaba en él, atrapándolo por los dientes, golpeando contra su cuerpo con la necesidad urgente hasta que quería rastrillar y arañar, desgarrar a un enemigo y rugir a los cielos. Quería localizar a Isabeau y reclamarla tanto si ella lo deseaba como si no. Desafortunadamente, su compañera era cambia forma también, lo que significaba que compartía todos los mismos rasgos feroces, inclusive el permanente y violento odio.
Alzó la mirada a los árboles altos, al grueso dosel que no dejaba pasar la luz del sol. Las flores se adherían a los troncos de los árboles, un derroche de color, rivalizando con el musgo y los hongos, todos estirándose hacia la luz de arriba.
