Los pájaros revoloteaban de rama en rama, el dosel vivo con un movimiento constante, así como el suelo esponjoso con millones de insectos. Las colmenas de abejas colgaban en grandes panales macizos, ocultas por hojas y anchas líneas enroscadas alrededor de torcidas secciones, casi imposibles de ver entre la multitud de ramas entrelazadas.

Quería embeberse de la belleza de todo ello. Quería olvidar lo que le había hecho a su propia compañera. Ella había sido tan joven e inexperta, un objetivo fácil. Su padre, un médico, había sido el modo de llegar al campamento enemigo. Acercándose a ella tendría al padre. Era bastante fácil. Isabeau había caído bajo su hechizo inmediatamente, atraída por él, no a causa de su atracción animal, sino porque ella había sido suya en un ciclo vital anterior. Tampoco lo había sabido.

Desafortunadamente, había caído profundamente bajo el hechizo de ella. No se suponía que tuviera que seducirla o dormir con ella. Había estado obsesionado con ella, incapaz de mantener las manos lejos de ella. Debería haberlo sabido. Había sido tan inexperta. Tan inocente. Y él había utilizado eso en su ventaja.

No había considerado nada más allá de su propio placer. Como qué sucedería cuando la verdad surgiera. Que ella ni siquiera sabía el nombre verdadero de él. Que ella era un trabajo y su padre el premio. Gimió y el sonido salió en un suave retumbo.

Él nunca había cruzado la línea con una mujer inocente. Ni una vez en toda su carrera hasta Isabeau, humana o leopardo. Ella aún no había experimentado el Han Vol Dan, el calor de un leopardo hembra, ni había surgido su leopardo. Esa fue la razón de que no la hubiera reconocido como leopardo ni como su compañera. Debería haberlo hecho. Los destellos de imágenes eróticas en su cabeza cada vez que ella estaba cerca, el modo en que no podía pensar cuando estaba con ella: eso le debería haber avisado. Sólo estaba en su segundo ciclo vital y no había reconocido lo que tenía delante de él. La ardiente necesidad, tan fuerte, creciendo más fuerte cada vez que la veía. Siempre había estado bajo control, pero con ella, un fuego salvaje lo atravesaba, robándole el sentido común y había cometido el último error con una marca.



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