Había necesitado. Había ardido. La había saboreado en la boca. Respirado en sus pulmones. Había dormido con ella. La sedujo deliberadamente. Se regodeó en ella hasta que estuvo grabada en sus huesos. Cedió a sus instintos y había provocado un daño irreparable a su relación.

Sobre su cabeza un mono aullador chilló una advertencia y le tiró una ramita. No se dignó a mirar arriba, solamente saltó a las ramas bajas y avanzó por el árbol. Los monos se dispersaron, chillando en alarma. Conner saltó de rama en rama, trepando hasta la carretera de la selva. Las ramas se superponían de árbol en árbol, haciendo fácil el conducirse a través de los árboles. Los pájaros salieron volando en alarma. Los lagartos y las ranas corrieron fuera de su camino. Unas pocas serpientes levantaron las cabezas, pero la mayoría le ignoraron mientras caminaba con las patas acolchadas de forma constante al interior.

Mientras avanzaba más profundamente en la selva, el sonido del agua era constante otra vez. Se había alejado del río, pero estaba cerca de otro tributario y una serie de tres caídas. Las piscinas eran frías según recordó. A menudo, cuando era joven, había nadado en las piscinas y dormitado en los cantos rodados planos que sobresalían de la montaña.

La cabaña donde iba a encontrarse con Rio y el resto del equipo estaba justo adelante. Construida sobre zancos, estaba colocada en la curva de tres árboles. La cabaña se convertía en parte de la red de ramas, de fácil acceso para los leopardos. A la sombra del árbol más alto cambió de vuelta a su forma humana.

A la izquierda de la cabaña le habían dejado una ordenada pila de ropa doblada al lado de una pequeña ducha al aire libre. El agua era fría, pero refrescante y se aprovechó de ello, restregando el sudor del cuerpo y estirando los músculos después de que correr por la selva. Su leopardo casi tarareaba, feliz de estar en casa mientras se vestía con la ropa que Rio le había dejado.



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